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Dec.13
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Ps. Carlos Berges 2008-5 (Rizpa y sus Huesos) PDF Imprimir E-Mail

RIZPA Y SUS HUESOS...

2º Samuel 21:1-10

CINCO


ImageEl amor por los familiares puede ser algo hermoso pero también algo muy destructivo.
El amor por lo propio puede ser bueno, pero también produce amargura.
El amor por mí mismo es bueno pero puede matarme al mismo tiempo…
Rizpa es un buen ejemplo de lo que usted está leyendo. Le contaré su historia…

Los gabaonitas reclaman venganza por un pacto que no se cumplió. Josué había prometido protegerlos pero Saúl los extermina. Y a David le llega la factura en forma de hambruna. David consulta con Dios cual es la causa de tanta hambre pues ya han pasado tres años y la situación no se compone. “Es por los gabaonitas”, le dice el Señor. David se apresura a averiguar el motivo y se entera de la traición. ¿Qué piden? Les pregunta. Y la respuesta es pragmática. Lapidaria y tajante. Que maten siete hijos del malvado de Saúl que mató a nuestros padres.

David sabe lo de la justicia. Algo que muchos de nosotros prefieren ignorar. Pero no David. Él ya pasó por allí con el asunto de Betsabé y esa cicatriz aún le arde. Es bueno tener cicatrices que ardan, eso nos permite recordar algunas cositas que no deben repetirse…

Busca a los siete hijos o descendientes de Saúl y sin más explicaciones que las normales, los ahorcan. Misión cumplida. Ahora, a esperar que llueva para que haya comida.

Y allí están los colgados. Los gabaonitas han cobrado venganza y su sed se aplaca. Se van a sus casas y David se siente tranquilo por haber sanado esos corazones…

Pero falta uno: La madre de dos de ellos. Y ese corazón pertenece a la famosa Rizpa.
Al mismo tiempo que todo esto está sucediendo en Gabaa, en Israel hay fiesta. Hay fiesta porque la cebada está lista para su cosecha. Recordemos que no ha llovido por aquel pecado, pero Jehová que es Bueno en gran manera, ha dado algo de comida a su pueblo. Así que mientras en aquella parte del país todos están cantando, una mujer está llorando. Ironías de la vida, ¿verdad? En Israel hay alegría pues el grano llegará a las mesas y alimentará a los hijos, mientras en aquel peñasco una madre tiende un manto para ver como se pudren los cuerpos de sus queridos hijos.  Pasa el tiempo y los cuerpos se descomponen. Las aves de rapiña buscan comida y ella las espanta. Han pasado casi seis meses desde aquel suceso y la madre no se mueve de allí. Ya llovió sobre la tierra y ella no se mueve. La carne de los cadáveres se descuelga de los cuerpos y hueso a hueso se vienen abajo y ella los reúne y los cuida, los llora y los cubre, los protege y convive con ellos. Con ellos duerme, con ellos pasa el tiempo. En otro lugar hay fiesta pero en esa colina hay dolor, hay amargura. Pero Rizpa no suelta sus huesos. Son sus recuerdos. Son sus dolores del pasado, son sus amarguras, son sus rencores, son sus sueños ahorcados…

Hasta que David lo supo. Y él mismo hizo el trabajo. Reunió los huesos de todos aquellos que estaban flotando en el ambiente y los enterró. Ya no se supo más de Rizpa, pero la lógica nos dice que tuvo que regresar a Israel, a la casa de fiesta, a seguir viviendo, a continuar con su vida. Libre de aquel dolor y aquella experiencia de guardar huesos…

¿Le parece conocida la historia, querido lector? ¡Cuántos de nosotros, a pesar que en otro lugar hay fiesta, estamos cuidando huesos!  ¿Está usted guardando huesos?  Le sugiero que permita que el Rey los entierre para que usted pueda continuar viviendo y se meta a la fiesta…

Bendiciones.

Carlos Israel Berges
Visión de Fe
El Salvador